viernes, 15 de febrero de 2013




Pesa la noche sobre mi cuerpo. Tirada en mi cama siento el peso del día en mi piel y mis ojos repasan cerrados los colores del día, las miradas y aquellos recuerdos cortados. Me tardo al final, en mis recuerdos favoritos.
Y ahí estás tú, en esa añoranza última de mi día. Me sonrío al recordar tu mirada puesta en mis ojos, tus manos apoyándose en mí y la sonrisa que refleja la mía propia. Me sonrío en la oscuridad, miro al techo y tus acciones comienzan a correr por mi cuerpo.
Primero estas al lado mío y luego tu boca sobre mis labios, tu lengua, tu cuerpo, la agitación mía que se contrae en sólo líquido humedeciendo, cosquilleando en partes que te recuerdan siempre.
 El sonido que haces al levantarte y ponerte arriba mío, aún con tu boca besando mis labios, y mis piernas que se abren con una premura extraña. Me sonrío. Tus ojos no dudan al estar en esa posición, están quietos, decididos. Mis labios anhelan de una forma diferente en ese momento y en medio de este recuerdo vuelvo a sentir los cosquilleos y la garganta se cierra una vez más.
En medio de esta noche te recuerdo y sin meditarlo mucho mis piernas se abren ante un recuerdo tuyo invisible, mi entrepierna se eleva para frotarse con tu cuerpo y entre mi somnolencia pareciera que te veo ahí.
Me doy vuelta en la cama, pero la sensación de presión de mi propio cuerpo me excita y me olvido de dormir. Escucho tu voz, murmurando lo rico de se siente, murmurando mi apodo y abro mis ojos en medio de la oscuridad para buscarte. Me miras desde algún lugar, en medio de mi calentura, tu mano o mi mano frotando mi clítoris y ese murmullo silencioso que va para ti.
Simplemente tu recuerdo no se me va nunca.
Mi boca te busca, se hincha estimulada por aquella humedad en tu lengua, y en esta noche sólo se seca del recuerdo. Sin embargo estás ahí vívido para mí, tan cerca de mí, tu piel tan cercana y familiar y tus ojos vagando por todas partes. Te quiero dentro mío, quisiera decirte al oído cuando me sacas de cordura con tus besos y mis piernas se elevan para sentir tu erección.
Siempre quedo sin palabras, sin demandas ni elogios, sólo gemidos que parecieran salir de todos lados. En esta noche te recuerdo y nuevamente la sensación de presteza se apodera de mis sentidos, quisiera gemir tu ausencia, quisiera sentirte dentro mío o si quiera cerca. Mis dedos se deslizan por el clítoris humedecido, de arriba hasta abajo tomando la lubricación. De espaldas te recuerdo mejor, te lo he dicho, recuerdo tu lengua en mis pezones y tus labios cerrándose para chuparlos, recuerdo tu pene erecto penetrándome, tu lengua en mis orejas, tus manos presionando mis pechos, la fuerza al ingresar que me frota contigo y la sensación de posesión que tanto me gusta. Se me viene todo de golpe.
Mi noche se vuelve larga al recordarte. Pienso en ti penetrándome y luego siento tu boca en mi clítoris, tu lengua deslizándose rápida, frotando una y otra vez hasta  que acabo. No es complejo acabar en mi cama con este recuerdo, ahora con mis manos. Sentir la sensación de abandono, mis músculos tensos, mis pulmones vacíos de gemidos y la explosión de mi piel en tu cama, mi cama. Un orgasmo que se me queda en la calentura de no tenerte.
Segundos eternos que no queda nada bajo mi cuerpo, sólo una sonrisa impalpable que desea posarse en tus labios.
¿Cuánto queda para volver a verte? La pregunta se queda ahí antes de dormir, antes de que la somnolencia se apodere de mí. Poco, pienso, muy poco.  

viernes, 7 de septiembre de 2012

Una transacción monetaria



—"¿Y cuál sería una de tus fantasías no realizadas?"—me preguntaron una vez, con cierta curiosidad humana.

—"Mmmmm"—Me quedé pensando varios minutos y nada se me venía a mi cabeza.

La pantalla del computador seguía brillando ahí y la pregunta estaba hecha.

—"No sé, creo que ninguna por el momento"—contesté tecleando rápidamente.

La respuesta saltó ahí.

—"¿Alguna vez has fantaseado con que te paguen por sexo?"—me preguntó y rápidamente supuse a donde iba todo.

—"Algunas veces he pensado en aceptar plata...pero no sé, me da cosa"—contesté con una sonrisita que quería decir más.

Apreté mis manos y solté mis dedos para seguir escribiendo. Antes de enviar nada, otra vez una linea sugerente se asomó ahí.

—"¿No te interesa chupármela por 20 mil?"—Me sonreí y mi garganta se secó un tanto.

—"Mmmm"—puse sólo aquello en la ventana de la conversación.

Claro que me había excitado esa idea, en definitiva, comenzaba a funcionar como una fantasía interesante de realizar.

—"No tendrías que tragarlo, pero sería genial probar eso"—agregó al rato.

Miré una vez más la pantalla y sin pensarlo mucho volví a teclear.

—"Podríamos juntarnos mañana, ¿Conoces el teatro de la Chile?"—le pregunté.

—"¿Quién no lo conoce? Jaja, está en Plaza Italia...¿Quién no conoce Plaza Italia?"—me reí y por las risas supuse que él también.

Realmente había sido una pregunta idiota.

—"Juntémonos ahí a las dos del a tarde, entro tarde a la universidad"—agregué en el párrafo.

—"Mañana entonces"—puso y un icono sonriendo—"Acuérdate que el de pelo largo rubio soy yo"

—"y tú acuérdate que no me gustan los rubios"—le dije ente risas.

Esa noche no podía dejar de pensar en lo que pasaría al otro día. Me daba vueltas y las imágenes eróticas se me venían a la cabeza una y otra vez, como un anticipo, como una promesa de algo nuevo a mis sentidos.

Me levanté y mientras pasaba el día sabía que a las dos de la tarde sabría lo que era prestar servicios sexuales. Me sonreía y fantaseaba.

Miré el techo del teatro de la universidad de Chile y justo debajo estaba mi compañero de charlas. Me sonreí y fui a saludarlo, recordé que era tímido así que simplemente hablé poco.

Caminamos por los sectores y, sin pensarlo mucho, se me ocurrió ingresar a un edificio antiguo del sector. Habían dejado la puerta abierta y parecía bastante tranquilo. Lo arrastré adentro y subimos al último piso del edificio, el cual sólo tenía dos departamentos por planta y unas pequeñas escaleras.

—Ya—dije con rapidez—tú mira esa puerta—le dije mientras apuntaba la puerta de uno de los departamentos—y fíjate que no venga nadie.

Se sonrió y se bajó el cierre del pantalón. Las puntas de mis dedos comenzaron a sentirse ansiosas y lo miré. No lo pensé mucho, nada en realidad, simplemente me arrodille y lo miré hacia arriba.

—Sácamelo y métetelo en la boca—me dijo con la voz media ronca, con una sonrisa extraña.

Lo miré unos segundos, miré al rededor y sin muchos apuros comencé a chuparlo. Era lo que había estado esperando todo el día, después de todo. Muchas mujeres quizás no entienden lo erótico y poderoso que puede ser hacerlo. Pues para mí, sentir la caderas intentando meterlo más adentro en la garganta, sus manos ansiosas intentando agarrar lo que sea y sus rostros: llenos de una carga placentera. Todo, todo en ellos se vuelve erótico.

Sentía su miembro dentro de mi boca y me concentraba en chuparlo nada más, de lamer y absorber la textura.

—Mírame—escuche decir y mis ojos automáticamente se abrieron.

Lo saqué de mi boca y lo miré. Comencé lento nuevamente, pasando con cierta incitación mi lengua en la base de su pene, mi lengua acariciando su frenillo... mis labios ahí, chupando de arriba a abajo. Y mis ojos se mantuvieron abiertos, atentos a sus facciones.

Luego de minutos me pidió que volviera a meterlo en mi boca. Lo hice y agarró mi pelo y empujó mi cabeza contra su pelvis, una y otra vez.

—¿Dónde quieres que te acabe?—me preguntó luego de un rato.

Pensé en mi cara, pero no tenía pañuelo ni nada para limpiarme.

—En mi boca—dije sonriendo.

Soltó lo que parecía un gruñido ronco y volvió a meterlo en mi boca. De pronto sentí el líquido cayendo por mi garganta y luego llenando mi boca de semen caliente. Tragué y lo miré.

—Nunca me habían dejado acabar en la boca—me dijo, como si hubiese sido la sensación más maravillosa de todas.

Yo lamí una gota que había caído por el pene y me sonreí. Tenía el sabor a su semen en mi boca aun...

Después de un rato en el cual no hablamos nada, hicimos la transacción y yo me fui a la entrada del metro. Por unos instantes, antes de entrar al andén, me sonreí.

Impresionante fantasía, impresionante.



martes, 26 de junio de 2012

Algo acerca de él



Pensé en escribir un recuerdo que podría llamar la atención, pero las instancias me hacen volver a otro. El trío con dos hombres, fue en definitiva, un gran recuerdo pero lo dejaré para la siguiente ocasión.

Les debo confesar, tal y cual la mayoría de mis entradas dicen, que mi calentura y mi curiosidad siempre han estado guiando mis caminos sexuales. Luego de experimentar muchas cosas (entradas faltantes), me puse a pensar en que quizás tener una relación estable no sería malo.

A pesar de todo el primitismo anterior y del gusto innato por el sexo fuerte y sin sentido, me puse a pensar en aquella idea. Deseaba saber qué se sentía tener sexo con alguien por motivos más fuertes que calentura, lo hice claro.

Un día, hace pocos días, un recuerdo de aquel tipo es el que inunda mi mente ahora. Verán, aprendí que tener sexo con sentido es algo realmente poderoso, eróticamente hablando. En mis noches de calentura, ahora, no se me viene el recuerdo de dos hombres ni el recuerdo de sexo público.

Se me viene él a mi cabeza.

No hablaré mucho de él, pues creo que le parecería incomodo que le dedicara una entrada explicando y relatando lo que me calienta en ese recuerdo/en estos recuerdos. Pero, les aclararé algo, desde el principio hubo algo interesante en su modo de actuar. Quizás era cierta inseguridad en pedir y cierta tensión en querer más.

Pues bien, hoy día o anoche más bien, supe que no podía estar enojada con él, pues las mujeres no logramos sentir deseos por hombres frutos del enojo. No, no, el lívido desaparece y la tensión es eterna. Mi calentura, desde hace muchos meses, siempre va enfocada en la misma figura y en los mismos recuerdos—hecho que antes de conocerlo me parecía muy lejano, dadas mis circunstancias—que se me vienen una y otra vez.

Lo que me sucede en estos momentos, cuando el cariño hacia una figura masculina se acrecienta, es una excitación diferente, más concentrada y en cierto modo el foco se hace más fuerte.

Realmente la explicación de porqué él lo hace mejor sería irracional, así como sentarme a explicar porqué mis orgasmos son tan largos e intensos. Simplemente, a mi juicio, es seguridad y protección que se agregaron. En momentos como estos, donde la calentura invade mis pensamientos, él aparece ahí: su voz, sus movimientos, su todo.

Digo, mi mente suele fantasear con situaciones extrañas, con sexo público o con sexo en cualquier parte, pero me es inevitable no imaginar que es él quien está ahí acompañando esa fantasía. Incluso me he atrapado pensando en llamarle cuando me masturbo o simplemente pervirtiendo todo su circulo.

Fantástico para mí, para todos, pues es una fuente inagotable de relatos sin escribir y de calenturas no terminadas. Quizás un día de estos, cuando lo logre en mi vida, escriba sobre un trio: alguna mujer, yo y él en esa misma historia.

Eso era lo que debían saber acerca de él, que dandome muchas vueltas, fue muy poco realemente y todo a su vez.










sábado, 26 de mayo de 2012

No cazar, zona de mujeres




NO CAZAR


Dicen que los hombres son cazadores. Coincido, confieso ahora sin mucho énfasis en el asunto, pues la experiencia lo dicta así y cada historia lo reclama de ese modo.

Es normal ver hombres con sus armas poco refinadas buscando presas, con su testosterona a flor de piel y su virilidad como muestra. Todo hombre nace cazador, y el que no, no entra en el circuito heterosexual de la vida. No es difícil distinguir cuando una mujer es el objetivo de muchos cazadores, pues el asecho es claro y persistente.

Tristemente, sólo hay uno que se lleva aquella piel a su cama y que luego fanfarronea. El resto, busca otros objetivos y todo comienza nuevamente. También, debo agregar, es sabido que los hombres sí pueden estar persiguiendo la misma presa por muchos años, décadas y no desencantarse...pero la naturaleza dicta que el hombre siempre está buscando algo más apetecible (A pesar de cualquier excusa).

Ahora bien, mi relato no va por ese lado, sino por el lado femenino.

Las mujeres tenemos la naturaleza de animalillo indefenso, no más indefenso que un felino salvaje claro está.

¿Gatitas o leonas? Frente a un mundo donde los hombres no cazan, debo decir, que las mujeres adoptan el papel necesario para complacer a su objetivo. Y ésta es una de esas historias...

Sólo podría haber concertado una cita de ese ámbito en una sala de chat caliente. Las frecuento, les digo con franqueza, pues no hay mayor placer que el encontrar entre una manada de idiotas iletrados alguien que con pocas palabras desencadene algo más que “curiosidad” en la cabeza. Fue de un contacto que saqué de ahí, una mujer bisexual que deseaba un favor mío y que por ende agregué a MSN para saber cuál era y si entraba en mis límites.

Les reconozco a su vez, que los encuentros con mujeres en mi vida, en esa época, eran algo que me intimidaban y me hacían retroceder un poco.

Sucedió así:

Mi amiga solicitó mi presencia en un lugar, que determiné luego que era su departamento. Me dijo que en ese lugar iba a estar ella y su pareja actual, la cual era una mujer cercana a los 20 años. Mi amiga, un poco mayor, le había prometido discreción total con respecto a la persona que iba a estar ahí.

Previamente, me había explicado que su polola era tímida y recién había empezado su vida sexual con mujeres. Yo le pregunté qué debía hacer y ella sólo dijo: Mirar.

Mirar siempre ha sido mi fuerte. Me gusta observar casi todo tipo de cosas, memorizar algunos movimientos y otros simplemente adoptarlos como esencia mía. Acepté sin pensarlo mucho.

¿Condiciones? No podía masturbarme si me calentaba ni tampoco podía entrometerme entre ellas. Era una de las fantasías de la polola que le había costado soltar, y que como me contaba mi amiga, no había ni siquiera planteado en no cumplirla pues a ella también le gustaba la idea.

Llegué ese día a su departamento. Las saludé y conversamos un rato. Estaba oscuro y me preguntaron si quería algo para tomar.

Vodka. Eso pedí estratégicamente pues al ser una bebida neutra, no me producía los estragos del ron u otro destilado. Sólo me relajaba, pues a penas las vi supe que se venía algo complejo para mi mente.

Mi amiga un poco más baja que yo, contextura mediana y las medidas justas, sin destacar la delantera ni la trasera. Su polola, a diferencia, era y es una de las mujeres que más me han llamado la atención.

Quizás era la inocencia, pues debo confesar que nunca me han agradado las caras de las estrellas pornos ni de cualquier mujer que brille por su cara de caliente (No logran llegar a mi lívido, pues la convicción de la falsedad brota en todas partes). Ella tenía aquel brillo inocente en los ojos, era pequeña y de contextura delgada. Femenina hasta las orejas, y me sonreí al pensar eso.

Seguimos conversando con tranquilidad, tomando poco y escuchando música (una seudo hippie que hacía mis nervios tiritar). Me retraje por unos instantes y al volver las vi besándose.

Mi amiga le acariciaba el pelo y enredaba sus dedos en la nuca de la otra. No entendí porqué, pero la escena no me pareció sexual, más bien conmovió algo en mí que nada más había hecho. Pero las imágenes siguientes hicieron que mi entrepierna se sujetara con anticipo.

Ambas siguieron, con besos y caricias que se profundizaban hasta donde la ropa topase. Una de ellas coló su mano por debajo de la polera y acarició con presteza uno de los pechos que se irguieron con excitación ante la caricia. Me vi rodeada de recuerdos, de manos atrapando mis pezones con la misma dedicación y me excité.

No me permití parpadear mucho.

Al ver aquellos besos, caricias, se podía notar quién cazaba y quién era la que huía; quien dominaba y quien sucumbía; quien ocupaba el arnés, quien llevaba el ritmo, quien abría las piernas, y un sin fin de apodos cariñosos para los roles.

La niña tímida era quien abría sus ojos de vez en cuando para leer el cuerpo de su polola, para saber qué deseaba, y por consecuencia, qué era lo que debía hacer.

Agradecí no estar en ese sillón, pues jamás había visto la escena desde el puesto del tercero y sabía que estar en aquel sillón afectaría mis sentidos más que la cuenta. Me dediqué a mirar hasta que mi amiga se sacó su polera y miró a su polola con una invitación exclusiva a su cuerpo.

Mordí mis labios ante la expectación. Mi amiga me miró y me indicó su pieza. Sin esperar respuesta la tomó de la mano y yo me fui justo detrás de ellas. Había un pequeño sillón y ahí me acomodé.

Mi amiga se sentó a horcajadas sobre su polola y le ayudo a sacarse la polera y el sostén. Subió hasta quedar en un ángulo de 90 grados y observó sus pechos. Miraba el rostro tímido y sonrojado y sentía dicha, aquel placer que compromete ser el foco de atención de un solo par de ojos (sin agregarme). Supe enseguida que el placer de ella yacía en el deseo, en sentirme deseada.

Acarició uno de sus pechos y sus pezones e endurecieron. Quien estaba arriba sonrió y su mano vagó al otro, hasta que la cadera de su polola se levantó en reacción. Lamió uno de los pezones y lo atrapó entre sus labios, presionó con determinación hasta sentir los jadeos de su pareja.

Veía las escenas como alguien externa, como desde un pequeño agujero en la pared, sintiéndome infame y excitada a la vez, con la malicia corriendo en mis venas. Entendí al Voyer en su casi total expresión y comprendí el porqué la niña tímida lo había pedido. Comprendí a su vez porque muchos de mis amigos me había pedido estar en la misma pieza mientras tenía sexo con otro, porque la emoción de ver algo así iba más allá de la admiración y la calentura, a un nivel exclusivo.

El poder de la escena se intensificó al ver sus cuerpos frotándose, al ver sus rostros, al sentir sus movimientos como parte de los míos. Una acariciaba con exceso de delicadeza el clítoris de la otra; una acunaba y presionaba entre sus manos los pechos; otra gemía de placer y tanteaba con sus manos y sus piernas a la otra; una abría las piernas en busca de más y otras simplemente llevaba su boca hasta el centro de la humedad misma.

Y claro, el sexo oral entre mujeres es algo mítico que transmite un acoplamiento de cuerpos interesantes. Me dieron ganas de probar el sabor, de sentir en mi lengua enredándose en ese clítoris y no sólo estar sentada observando. Casi me muerdo la lengua.

Luego de un rato, donde mi amiga tenía hundida su cabeza entre aquellas piernas, miré más arriba y supe el momento exacto donde quien recibía oral comenzó a sentir las oleadas del orgasmo aproximándose. Fue en ese momento cuando mi garganta se secó sin remedió alguno.

Ver la espalda un tanto arqueada, los pechos levantados y sus manos buscando algo en qué aferrarse...aquel todo que dejaba la calentura en un escalón más arriba. Gimió el nombre de mi amiga, que tristemente comenzaba igual que el mío, y lo hizo más de una vez.

Al acabar, bajó sus manos al pelo de mi amiga y tironeó suavemente de él. Ella sacó su cabeza de ahí y subió a besarla. Con las piernas entrecruzadas, me percaté de la sensibilidad que había entre ellas, aquella excitación por lo mínimo y el disfrute de la belleza de una manera diferente.

Los hombres no cazan en ese territorio, por ende, los animalillos andan sin miedo al rechazo.

Debo agregar, con tristeza, que esas imágenes son las más claras en mi cabeza hasta el día de hoy. Quizás el hecho de que mi amiga no lograba atraerme me hizo olvidar el punto en que ella logró el orgasmo, pues su polola eclipsaba sin duda las sensaciones en mí y todo llegó a su punto al verla acabar.

No soy lesbiana, digo con claridad, pues jamás podría mantener una relación amorosa con una mujer. Puedo sentir aquella atracción abismante, pero no la sensación de protección que un cazador me da.

Eso fue lo que recordé hoy.

martes, 8 de mayo de 2012

Esto es lo que deseo




Esto es lo que deseo...

Un día cualquiera, invitarte a conocer mi ciudad. Ir a buscarte por la mañana, conocerte, hablar un rato, mirarte y reírme hacia el lado. Tonteras. Deseo acercarme a ti y susurrarte al oído cuanta palabra se me venga a la mente; palabras calientes, acciones que no me dejan dormir por el libido agolpándose en mi entrepierna. Sí, cosas que me gustaría hacerte y me mojan de solo pensarlas.

Deseo caminar en silencio hasta el un lugar tranquilo, y antes de llegar, llamar a mi pololo y decirle que voy en camino, que me espere desnudo porque voy el doble de caliente. Subir hasta la azotea de su departamento y arrinconarte en una pared. Besarte, claro. Poner mis manos justo donde termina tu cintura y comienzan tus pechos. Deseo tocarlos, saber cómo se sienten sobre mis manos, sentir tus pezones endureciéndose bajo tu ropa. Quizás incluso mis propios pezones se endurezcan de excitación.

Quiero ir y presentarte a mi pololo, quizás seguir dándonos besos, hasta que alguna de las dos entre en confianza. Quizás te invite a la cama, te diga que te acuestes y que si quieres te saques la ropa porque deseo esposar tus manos detrás de tu espalda. Me miras con cara de calentura y te sacas la ropa. Quizás lo hago yo también mientras. Mi pololo mira la situación extasiado y yo lo beso a él mientras tú te sacas la ropa.

Te pongo las esposas y las abrocho a tu espalda. Tus pechos se levantan y eso excita el ambiente. Puedo escuchar una exclamación de mi pololo diciendo que quiere tocarte. Lo hago yo primero y te miro, te pregunto si estás mojada. Me dices que sí. Me sonrío y te pido que te pongas en cuatro sobre la cama, con tu cabeza apoyada en el colchón.

Me acerco y te abro las piernas. Paso un dedo por entre tu clítoris y llego hasta donde todo pareciera estar húmedo, me sonrío. Me recuesto de espalda y pongo mi cabeza justo en medio de tus piernas. Acaricio tu clítoris lento primero, mi lengua sólo rodea y divaga hasta llegar al centro. Froto mi lengua ahí y te escucho gemir. Me calienta escucharte gemir.

Me detengo e introduzco un dedo dentro de tu vagina. Está caliente, húmeda y un tanto renuente. Mi dedo aprieta la entrada y lo saco. Sí, estás tan mojada como yo.

Te levanto de la cama y cambio de posición tus esposas. Las traigo adelante. Mi pololo, sin ropa, me acerca su pene para chuparlo. Te miro y te invito a hacerlo junto conmigo. Ambas nos ponemos de rodillas y antes nos besamos. Empiezas a lamer despacio por un lado y yo por el otro. Yo lo meto en mi boca y aprieto mis labios mientras lo deslizo hacia afuera. En cuanto sale de mi boca tú lo metes en la tuya y haces lo mismo.

Nos turnamos, un rato tú te lo quedas más y otro rato soy yo. Escuchamos los jadeos rápidos y nos detenemos. Miro a mi pololo y le susurro algo. Él me mira y yo te miro a ti.

Esto es lo que deseo...

Te libero de las esposas para que puedas desplazarte con mayor facilidad. Mi pololo se sienta en uno de los bordes de la cama y tú te pones con el trasero levantando y comienzas a meterte el pene de él en tu boca. Me pongo el arnés y me subo a la cama también. Tomo tu trasero y comienzo a lamerlo, a excitarlo de apoco y con mis dedos utilizo la lubricación para hacerte ceder. Te meto un dedo y presiento que estás lista.

Con cuidado te comienzo a penetrar, lento, retrocediendo, y una vez que está todo adentro sonrío al oírte gemir. Te digo que sigas chupándoselo a mi pololo y me haces caso. Sonrío y comienzo a penetrarte una y otra vez, con cierta delicadeza al principio que se pierde tras escucharte gemir más fuerte. Claro, si tuviese testículos estaría segura de que chocarían contra ti con fuerza.

Mi pololo se detiene y me pide que me saque el arnés. Lo miro y él tiene el control nuevamente sobre mi calentura. Me pide que me abra de piernas y me penetra. No soy testigo de mi propia calentura hasta que él me hace percatarme. Gimo y te miro. Estás como extrañada y recuerdo que quizás jamás hayas visto algo así en persona. Te pido que te subas sobre mi cara. Te sonríes perversamente y lo haces. Mientras tú acerca tu cara hacia donde está el pene, con cierta sorpresa. Un sesenta y nueve casi, de no ser porque yo te lamo a ti y tu lames a mi pololo.

Decidimos que ya es tiempo de hacerlo acabar. Nos levantamos y nos dedicamos a chupar, lamer y meter el miembro en nuestras bocas.

Esto es lo que deseo...

Él dice que abramos la boca y nos cae el semen en la cara, dentro de la boca, en los pechos. Y entonces recuerdo que deseo compartir el semen de mi boca en la tuya. Nos besamos y de cierto modo quedamos lamidas y pegajosas pero libre de semen. “Que no se desparrame nada” era un buen consejo después de todo.

Deseo hacerte acabar.

Esto es lo que deseo.



miércoles, 15 de febrero de 2012

Todo se estremece bajo mi piel





Todo se estremece bajo mi piel,
bajo tu piel rozando la mía.
No sé si es aire frío recorriendo mis poros erectos
—esperando tu cariño, sonriéndote
de improviso en un leve sonrojar—
O son susurros que emiten nuestras pieles,
caricias que desean ser profundas,
que desean adentrarse en lugares húmedos,
y con una parsimonia tortuosa,
conseguir un jadeo, un gemido:
un nuevo respirar.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Aquella noche triste de liberación

[Este relato va en un pedido especial que me hicieron]

Aquella noche triste de liberación


Tu voz quiebra el silencio ensordecedor, siempre con aquel tono al cual me entregué por completa. Me muevo de mi posición y el dolor de haber estado horas siendo utilizada de mesilla no llega a importarme en lo más mínimo. Sólo está tu voz llamándome, acariciándome desde lejos.

Acudo obediente, y mi cuerpo entero siente por adelantado lo que me pedirás ¿Será lo que siempre me pides?. Me humedezco y nada pareciera impedir aquello. Me arrodillo y le reverencio. Y es ahí cuando te levantas y comienzas a observarme: tu mirada autoritaria y protectora sobre mí espalda, sobre mis piernas, sobre mi cabello hacen que me muerda los labios y cierre mis ojos.

Sí, ahí está tu cariño invisible para el resto...demasiado concreto para mí. Adoro aquel cariño, adoro el cosquilleo que produces en mi piel.

Con la punta de tu zapato tocas mi trasero y me pides que lo levante. Lo hago lo más rápido que puedo y mi rostro se pega al piso.

Te das otra vuelta a mi alrededor, siento tus pasos cerca mío.

¿Hay algo malo en mí? Me encantaría preguntártelo, pedirte perdón, pedirte que me castigues. La vergüenza me asedia ahora, siento la repugnancia de haberte fallado.

—Di lo que tengas que decir—dices con intransigencia.

Quieres mis pensamientos ahora, quieres que te entregue mis temores, quieres que me entregue a ti completamente. Lo hago, lo hago cada respiro de mi vida, cada segundo. Soy tuya.

—¿Hay algo malo en mí, Mi Señor?—digo con temor a levantar mi mirada y ver tu rostro.

No me respondes, a cambio de eso, te sientas nuevamente.

—Levántate—dices.

Vuelvo a levantarme.

—Mírame Mor.

Siento un cosquilleo en mi nuca, en la punta de mis dedos, en mi estómago. ¿Me darás aquel honor?

Levanto mi rostro y mis ojos se dirigen hacia ti. Te veo y aquel regalo es algo tan grandioso para mí; me siento viva nuevamente. Eso lo sabes: mis ojos son mi vida. Tú eres mi vida.

Quisiera sonreírte, quisiera besarte, quisiera hacerte sentir bien...hacer que tu mente explotase de placer. Eso quiero para ti, amo.

Me miras y la excitación en tus ojos es latente. Puedo verte y ese es el don más preciado. Te excita mi desnudez, o mejor dicho, mi calentura reflejada en mi cuerpo.

Extiendes tu mano y veo que de ella cuelga la cadena. Me acerco y me arrodillo entre tus piernas. Te ofrezco mi cuello para que la enganches a mi collar. Me levanto y tu haces lo mismo. Eres muchísimo más alto que yo, soy un pequeño cuerpo cerca del tuyo.

Camino rápidamente siguiendo tus pasos y me adelanto para abrir la puerta de la habitación continua.

—De rodillas, ahora.

Y la calma con la que lo dices me sugiere tantas cosas.

—Eres mía.

Dices mientras te sacas tus pantalones.

—Si, Amo.

—Harás lo que yo diga

Dices mientras vuelves a tomar mi cadena y me indicas que me suba a la mesa de "revisión" de al frente.

Me arrodillo sobre la mesa y una vez más bajo mis hombros y mi cuerpo entero como reverencia. Te ofrezco mi cuello para que saques la cadena y lo haces lentamente.

¡Qué excitante suavidad en tus movimientos!

Tocas con la punta de la cadena mi espalda baja y me pides que suba nuevamente mi trasero.

Lo hago.

—Abre tus piernas—Dices mientras te acercas.

El calor de tu cuerpo se pega al mío. Puedo sentirlo, puedo sentir tu piel sobre la mía. Abro mis piernas rápidamente.

Te acercas a mí y con tu mano tocas mi entrepierna. No te sorprendes ni siquiera una pizca al tocar mi humedad ahí. Sólo dejas salir un pequeño quejido sordo.

—Levántate y chúpame el pico hasta que yo te diga—murmuró o quizás gruñó.

Yo me levanté obediente y comencé a lamer. Me extrañaba que no utilizaras la fusta conmigo, siempre me ponías en esa posición, en esa mesa, para nalguearme.

—No dije lamer, Mor, dije chupar.

—Lo siento, Señor.

Y comencé a chupar. Meterlo en mi boca una y otra vez, chupándolo hasta donde tú quisieras, apretando tu pene contra mi lengua. Lo hice. Lo hice una y otra vez. Y me encantaba hacerlo.

—Basta ahora.

Obedezco enseguida. Sé cuáles son las consecuencias de no obedecer y poner mis deseos en primer lugar.

Me quedo de rodillas al frente tuyo y acercas tu mano a mi boca.

Te beso la mano y me levanto. Quisiera mirarte una vez más, pero a cambio de aquello sólo bajo mi mirada y me quedo quieta.

—Siéntate en aquel banco y abre tus piernas nuevamente.

Lo hice y tu mirada toco el centro de mi cuerpo con fuerza. Quería que me lo metieses, que me lo metieses bien adentro y que lo hicieras una y otra vez. Sentí vergüenza de mis pensamientos ¡Quería que mi Amo hiciera algo a mi pedido!

Cerré mis ojos.

Y algo inesperado sucedió.

Tus dedos, tus hermosos dedos acariciaron mi mejilla. Podría haber muerto ahí, y haberlo hecho feliz. Podría haber escrito versos para ti.

Bajas tus dedos y acaricias los pliegues de mi vagina. Sólo necesitas del dedo índice para caer rendida.

—Gime.

Lo hago despacio. No se me había permitido gemir desde hace varios meses. No podía hacerlo. Gemir sin el permiso de mi amo me había costado no volver a gemir más. Escucho mi voz, el ronroneo que sale de mi garganta.

—Gime fuerte.

Dices mientras introduces en mí un dedo, dos dedos. Los mueves rápido y me gritas que gima, más y más.

Lo hago, mi señor. Lo hago tan fuerte y tan verdadero sólo para ti, por ti.

—Abre los ojos.

¿Que abra los ojos? Lo hago y sólo alcanzo a ver la punta de tu pene entrando rápidamente. Gimo fuerte y claro. Gimo y te miro—aquel privilegio que extrañamente me estabas dando—y tus ojos son perfectos, tu rostro es perfecto. Tu mirada es simplemente el peor castigo de todos ¿Cómo soportaría ahora mis días sin esa mirada directa en mí?

Me la metes una y otra vez. Fuerte y duro. Me la metes y me sabe a gloria todo. Me sabe a magia etérea volando sobre tu cuerpo.

—Bésame.

Dices y sé qué es lo que sucederá luego. Lo hago y la explosión del orgasmo me llena completamente. Me besas, como si el mundo se fuese a acabar y sé qué es lo que sucederá.

Me dejarás.

Una lágrima desobediente cae por mi rostro y sólo quisiera morir. Me miras y ahora no soy capaz de verte, perdí el privilegio.

—Quedas libre de cualquier ligamento con este lugar. Te libero de tus obligaciones.

Y las palabras resuenan en mis oídos como veneno. Te alejas de mí y extiendes tu mano para pedirme el collar.

La última orden que me darás. Saco el collar de mi cuello y mi vida pareciera irse de repente.

—No quiero una vida sin usted.

Digo y mi mirada sigue abajo, mirando tus pies.

—Ese es el problema, Mortrel. Ahora sale y vuelve a vivir sin mí.

Y aquellas palabras resuenan todos los días que me levanto, todos los días que salgo, todos los días que he estado sin ti.