viernes, 7 de septiembre de 2012
Una transacción monetaria
—"¿Y cuál sería una de tus fantasías no realizadas?"—me preguntaron una vez, con cierta curiosidad humana.
—"Mmmmm"—Me quedé pensando varios minutos y nada se me venía a mi cabeza.
La pantalla del computador seguía brillando ahí y la pregunta estaba hecha.
—"No sé, creo que ninguna por el momento"—contesté tecleando rápidamente.
La respuesta saltó ahí.
—"¿Alguna vez has fantaseado con que te paguen por sexo?"—me preguntó y rápidamente supuse a donde iba todo.
—"Algunas veces he pensado en aceptar plata...pero no sé, me da cosa"—contesté con una sonrisita que quería decir más.
Apreté mis manos y solté mis dedos para seguir escribiendo. Antes de enviar nada, otra vez una linea sugerente se asomó ahí.
—"¿No te interesa chupármela por 20 mil?"—Me sonreí y mi garganta se secó un tanto.
—"Mmmm"—puse sólo aquello en la ventana de la conversación.
Claro que me había excitado esa idea, en definitiva, comenzaba a funcionar como una fantasía interesante de realizar.
—"No tendrías que tragarlo, pero sería genial probar eso"—agregó al rato.
Miré una vez más la pantalla y sin pensarlo mucho volví a teclear.
—"Podríamos juntarnos mañana, ¿Conoces el teatro de la Chile?"—le pregunté.
—"¿Quién no lo conoce? Jaja, está en Plaza Italia...¿Quién no conoce Plaza Italia?"—me reí y por las risas supuse que él también.
Realmente había sido una pregunta idiota.
—"Juntémonos ahí a las dos del a tarde, entro tarde a la universidad"—agregué en el párrafo.
—"Mañana entonces"—puso y un icono sonriendo—"Acuérdate que el de pelo largo rubio soy yo"
—"y tú acuérdate que no me gustan los rubios"—le dije ente risas.
Esa noche no podía dejar de pensar en lo que pasaría al otro día. Me daba vueltas y las imágenes eróticas se me venían a la cabeza una y otra vez, como un anticipo, como una promesa de algo nuevo a mis sentidos.
Me levanté y mientras pasaba el día sabía que a las dos de la tarde sabría lo que era prestar servicios sexuales. Me sonreía y fantaseaba.
Miré el techo del teatro de la universidad de Chile y justo debajo estaba mi compañero de charlas. Me sonreí y fui a saludarlo, recordé que era tímido así que simplemente hablé poco.
Caminamos por los sectores y, sin pensarlo mucho, se me ocurrió ingresar a un edificio antiguo del sector. Habían dejado la puerta abierta y parecía bastante tranquilo. Lo arrastré adentro y subimos al último piso del edificio, el cual sólo tenía dos departamentos por planta y unas pequeñas escaleras.
—Ya—dije con rapidez—tú mira esa puerta—le dije mientras apuntaba la puerta de uno de los departamentos—y fíjate que no venga nadie.
Se sonrió y se bajó el cierre del pantalón. Las puntas de mis dedos comenzaron a sentirse ansiosas y lo miré. No lo pensé mucho, nada en realidad, simplemente me arrodille y lo miré hacia arriba.
—Sácamelo y métetelo en la boca—me dijo con la voz media ronca, con una sonrisa extraña.
Lo miré unos segundos, miré al rededor y sin muchos apuros comencé a chuparlo. Era lo que había estado esperando todo el día, después de todo. Muchas mujeres quizás no entienden lo erótico y poderoso que puede ser hacerlo. Pues para mí, sentir la caderas intentando meterlo más adentro en la garganta, sus manos ansiosas intentando agarrar lo que sea y sus rostros: llenos de una carga placentera. Todo, todo en ellos se vuelve erótico.
Sentía su miembro dentro de mi boca y me concentraba en chuparlo nada más, de lamer y absorber la textura.
—Mírame—escuche decir y mis ojos automáticamente se abrieron.
Lo saqué de mi boca y lo miré. Comencé lento nuevamente, pasando con cierta incitación mi lengua en la base de su pene, mi lengua acariciando su frenillo... mis labios ahí, chupando de arriba a abajo. Y mis ojos se mantuvieron abiertos, atentos a sus facciones.
Luego de minutos me pidió que volviera a meterlo en mi boca. Lo hice y agarró mi pelo y empujó mi cabeza contra su pelvis, una y otra vez.
—¿Dónde quieres que te acabe?—me preguntó luego de un rato.
Pensé en mi cara, pero no tenía pañuelo ni nada para limpiarme.
—En mi boca—dije sonriendo.
Soltó lo que parecía un gruñido ronco y volvió a meterlo en mi boca. De pronto sentí el líquido cayendo por mi garganta y luego llenando mi boca de semen caliente. Tragué y lo miré.
—Nunca me habían dejado acabar en la boca—me dijo, como si hubiese sido la sensación más maravillosa de todas.
Yo lamí una gota que había caído por el pene y me sonreí. Tenía el sabor a su semen en mi boca aun...
Después de un rato en el cual no hablamos nada, hicimos la transacción y yo me fui a la entrada del metro. Por unos instantes, antes de entrar al andén, me sonreí.
Impresionante fantasía, impresionante.
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martes, 26 de junio de 2012
Algo acerca de él
Pensé en escribir un recuerdo que podría llamar la atención, pero las instancias me hacen volver a otro. El trío con dos hombres, fue en definitiva, un gran recuerdo pero lo dejaré para la siguiente ocasión.
Les debo confesar, tal y cual la mayoría de mis entradas dicen, que mi calentura y mi curiosidad siempre han estado guiando mis caminos sexuales. Luego de experimentar muchas cosas (entradas faltantes), me puse a pensar en que quizás tener una relación estable no sería malo.
A pesar de todo el primitismo anterior y del gusto innato por el sexo fuerte y sin sentido, me puse a pensar en aquella idea. Deseaba saber qué se sentía tener sexo con alguien por motivos más fuertes que calentura, lo hice claro.
Un día, hace pocos días, un recuerdo de aquel tipo es el que inunda mi mente ahora. Verán, aprendí que tener sexo con sentido es algo realmente poderoso, eróticamente hablando. En mis noches de calentura, ahora, no se me viene el recuerdo de dos hombres ni el recuerdo de sexo público.
Se me viene él a mi cabeza.
No hablaré mucho de él, pues creo que le parecería incomodo que le dedicara una entrada explicando y relatando lo que me calienta en ese recuerdo/en estos recuerdos. Pero, les aclararé algo, desde el principio hubo algo interesante en su modo de actuar. Quizás era cierta inseguridad en pedir y cierta tensión en querer más.
Pues bien, hoy día o anoche más bien, supe que no podía estar enojada con él, pues las mujeres no logramos sentir deseos por hombres frutos del enojo. No, no, el lívido desaparece y la tensión es eterna. Mi calentura, desde hace muchos meses, siempre va enfocada en la misma figura y en los mismos recuerdos—hecho que antes de conocerlo me parecía muy lejano, dadas mis circunstancias—que se me vienen una y otra vez.
Lo que me sucede en estos momentos, cuando el cariño hacia una figura masculina se acrecienta, es una excitación diferente, más concentrada y en cierto modo el foco se hace más fuerte.
Realmente la explicación de porqué él lo hace mejor sería irracional, así como sentarme a explicar porqué mis orgasmos son tan largos e intensos. Simplemente, a mi juicio, es seguridad y protección que se agregaron. En momentos como estos, donde la calentura invade mis pensamientos, él aparece ahí: su voz, sus movimientos, su todo.
Digo, mi mente suele fantasear con situaciones extrañas, con sexo público o con sexo en cualquier parte, pero me es inevitable no imaginar que es él quien está ahí acompañando esa fantasía. Incluso me he atrapado pensando en llamarle cuando me masturbo o simplemente pervirtiendo todo su circulo.
Fantástico para mí, para todos, pues es una fuente inagotable de relatos sin escribir y de calenturas no terminadas. Quizás un día de estos, cuando lo logre en mi vida, escriba sobre un trio: alguna mujer, yo y él en esa misma historia.
Eso era lo que debían saber acerca de él, que dandome muchas vueltas, fue muy poco realemente y todo a su vez.
sábado, 26 de mayo de 2012
No cazar, zona de mujeres
NO CAZAR
Dicen que los hombres son cazadores.
Coincido, confieso ahora sin mucho énfasis en el asunto, pues la
experiencia lo dicta así y cada historia lo reclama de ese modo.
Es normal ver hombres con sus armas
poco refinadas buscando presas, con su testosterona a flor de piel y
su virilidad como muestra. Todo hombre nace cazador, y el que no, no
entra en el circuito heterosexual de la vida. No es difícil
distinguir cuando una mujer es el objetivo de muchos cazadores, pues
el asecho es claro y persistente.
Tristemente, sólo hay uno que se lleva
aquella piel a su cama y que luego fanfarronea. El resto, busca otros
objetivos y todo comienza nuevamente. También, debo agregar, es
sabido que los hombres sí pueden estar persiguiendo la misma presa
por muchos años, décadas y no desencantarse...pero la naturaleza
dicta que el hombre siempre está buscando algo más apetecible (A
pesar de cualquier excusa).
Ahora bien, mi relato no va por ese
lado, sino por el lado femenino.
Las mujeres tenemos la naturaleza de
animalillo indefenso, no más indefenso que un felino salvaje claro
está.
¿Gatitas o leonas? Frente a un mundo
donde los hombres no cazan, debo decir, que las mujeres adoptan el
papel necesario para complacer a su objetivo. Y ésta es una de esas
historias...
Sólo podría haber concertado una cita
de ese ámbito en una sala de chat caliente. Las frecuento, les digo
con franqueza, pues no hay mayor placer que el encontrar entre una
manada de idiotas iletrados alguien que con pocas palabras
desencadene algo más que “curiosidad” en la cabeza. Fue de un
contacto que saqué de ahí, una mujer bisexual que deseaba un favor
mío y que por ende agregué a MSN para saber cuál era y si entraba
en mis límites.
Les reconozco a su vez, que los
encuentros con mujeres en mi vida, en esa época, eran algo que me
intimidaban y me hacían retroceder un poco.
Sucedió así:
Mi amiga solicitó mi presencia en un
lugar, que determiné luego que era su departamento. Me dijo que en
ese lugar iba a estar ella y su pareja actual, la cual era una mujer
cercana a los 20 años. Mi amiga, un poco mayor, le había prometido
discreción total con respecto a la persona que iba a estar ahí.
Previamente, me había explicado que su
polola era tímida y recién había empezado su vida sexual con
mujeres. Yo le pregunté qué debía hacer y ella sólo dijo: Mirar.
Mirar siempre ha sido mi fuerte. Me
gusta observar casi todo tipo de cosas, memorizar algunos movimientos
y otros simplemente adoptarlos como esencia mía. Acepté sin
pensarlo mucho.
¿Condiciones? No podía masturbarme si
me calentaba ni tampoco podía entrometerme entre ellas. Era una de
las fantasías de la polola que le había costado soltar, y que como
me contaba mi amiga, no había ni siquiera planteado en no cumplirla
pues a ella también le gustaba la idea.
Llegué ese día a su departamento. Las
saludé y conversamos un rato. Estaba oscuro y me preguntaron si
quería algo para tomar.
Vodka. Eso pedí estratégicamente pues
al ser una bebida neutra, no me producía los estragos del ron u otro
destilado. Sólo me relajaba, pues a penas las vi supe que se venía
algo complejo para mi mente.
Mi amiga un poco más baja que yo,
contextura mediana y las medidas justas, sin destacar la delantera ni
la trasera. Su polola, a diferencia, era y es una de las mujeres que
más me han llamado la atención.
Quizás era la inocencia, pues debo
confesar que nunca me han agradado las caras de las estrellas pornos
ni de cualquier mujer que brille por su cara de caliente (No logran
llegar a mi lívido, pues la convicción de la falsedad brota en
todas partes). Ella tenía aquel brillo inocente en los ojos, era
pequeña y de contextura delgada. Femenina hasta las orejas, y me
sonreí al pensar eso.
Seguimos conversando con tranquilidad,
tomando poco y escuchando música (una seudo hippie que hacía mis
nervios tiritar). Me retraje por unos instantes y al volver las vi
besándose.
Mi amiga le acariciaba el pelo y
enredaba sus dedos en la nuca de la otra. No entendí porqué, pero
la escena no me pareció sexual, más bien conmovió algo en mí que
nada más había hecho. Pero las imágenes siguientes hicieron que mi
entrepierna se sujetara con anticipo.
Ambas siguieron, con besos y caricias
que se profundizaban hasta donde la ropa topase. Una de ellas coló
su mano por debajo de la polera y acarició con presteza uno de los
pechos que se irguieron con excitación ante la caricia. Me vi
rodeada de recuerdos, de manos atrapando mis pezones con la misma
dedicación y me excité.
No me permití parpadear mucho.
Al ver aquellos besos, caricias, se
podía notar quién cazaba y quién era la que huía; quien dominaba
y quien sucumbía; quien ocupaba el arnés, quien llevaba el ritmo,
quien abría las piernas, y un sin fin de apodos cariñosos para los
roles.
La niña tímida era quien abría sus
ojos de vez en cuando para leer el cuerpo de su polola, para saber
qué deseaba, y por consecuencia, qué era lo que debía hacer.
Agradecí no estar en ese sillón, pues
jamás había visto la escena desde el puesto del tercero y sabía
que estar en aquel sillón afectaría mis sentidos más que la
cuenta. Me dediqué a mirar hasta que mi amiga se sacó su polera y
miró a su polola con una invitación exclusiva a su cuerpo.
Mordí mis labios ante la expectación.
Mi amiga me miró y me indicó su pieza. Sin esperar respuesta la
tomó de la mano y yo me fui justo detrás de ellas. Había un
pequeño sillón y ahí me acomodé.
Mi amiga se sentó a horcajadas sobre
su polola y le ayudo a sacarse la polera y el sostén. Subió hasta
quedar en un ángulo de 90 grados y observó sus pechos. Miraba el
rostro tímido y sonrojado y sentía dicha, aquel placer que
compromete ser el foco de atención de un solo par de ojos (sin
agregarme). Supe enseguida que el placer de ella yacía en el deseo,
en sentirme deseada.
Acarició uno de sus pechos y sus
pezones e endurecieron. Quien estaba arriba sonrió y su mano vagó
al otro, hasta que la cadera de su polola se levantó en reacción.
Lamió uno de los pezones y lo atrapó entre sus labios, presionó
con determinación hasta sentir los jadeos de su pareja.
Veía las escenas como alguien externa,
como desde un pequeño agujero en la pared, sintiéndome infame y
excitada a la vez, con la malicia corriendo en mis venas. Entendí al
Voyer en su casi total expresión y comprendí el porqué la niña
tímida lo había pedido. Comprendí a su vez porque muchos de mis
amigos me había pedido estar en la misma pieza mientras tenía sexo
con otro, porque la emoción de ver algo así iba más allá de la
admiración y la calentura, a un nivel exclusivo.
El poder de la escena se intensificó
al ver sus cuerpos frotándose, al ver sus rostros, al sentir sus
movimientos como parte de los míos. Una acariciaba con exceso de
delicadeza el clítoris de la otra; una acunaba y presionaba entre
sus manos los pechos; otra gemía de placer y tanteaba con sus manos
y sus piernas a la otra; una abría las piernas en busca de más y
otras simplemente llevaba su boca hasta el centro de la humedad
misma.
Y claro, el sexo oral entre mujeres es
algo mítico que transmite un acoplamiento de cuerpos interesantes.
Me dieron ganas de probar el sabor, de sentir en mi lengua
enredándose en ese clítoris y no sólo estar sentada observando.
Casi me muerdo la lengua.
Luego de un rato, donde mi amiga tenía
hundida su cabeza entre aquellas piernas, miré más arriba y supe el
momento exacto donde quien recibía oral comenzó a sentir las
oleadas del orgasmo aproximándose. Fue en ese momento cuando mi
garganta se secó sin remedió alguno.
Ver la espalda un tanto arqueada, los
pechos levantados y sus manos buscando algo en qué aferrarse...aquel
todo que dejaba la calentura en un escalón más arriba. Gimió el
nombre de mi amiga, que tristemente comenzaba igual que el mío, y lo
hizo más de una vez.
Al acabar, bajó sus manos al pelo de
mi amiga y tironeó suavemente de él. Ella sacó su cabeza de ahí y
subió a besarla. Con las piernas entrecruzadas, me percaté de la
sensibilidad que había entre ellas, aquella excitación por lo
mínimo y el disfrute de la belleza de una manera diferente.
Los hombres no cazan en ese territorio,
por ende, los animalillos andan sin miedo al rechazo.
Debo agregar, con tristeza, que esas
imágenes son las más claras en mi cabeza hasta el día de hoy.
Quizás el hecho de que mi amiga no lograba atraerme me hizo olvidar
el punto en que ella logró el orgasmo, pues su polola eclipsaba sin
duda las sensaciones en mí y todo llegó a su punto al verla acabar.
No soy lesbiana, digo con claridad,
pues jamás podría mantener una relación amorosa con una mujer.
Puedo sentir aquella atracción abismante, pero no la sensación de
protección que un cazador me da.
Eso fue lo que recordé hoy.
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martes, 8 de mayo de 2012
Esto es lo que deseo
Esto es lo
que deseo...
Un día
cualquiera, invitarte a conocer mi ciudad. Ir a buscarte por la
mañana, conocerte, hablar un rato, mirarte y reírme hacia el lado.
Tonteras. Deseo acercarme a ti y susurrarte al oído cuanta palabra
se me venga a la mente; palabras calientes, acciones que no me dejan
dormir por el libido agolpándose en mi entrepierna. Sí, cosas que
me gustaría hacerte y me mojan de solo pensarlas.
Deseo
caminar en silencio hasta el un lugar tranquilo, y antes de llegar,
llamar a mi pololo y decirle que voy en camino, que me espere desnudo
porque voy el doble de caliente. Subir hasta la azotea de su
departamento y arrinconarte en una pared. Besarte, claro. Poner mis
manos justo donde termina tu cintura y comienzan tus pechos. Deseo
tocarlos, saber cómo se sienten sobre mis manos, sentir tus pezones
endureciéndose bajo tu ropa. Quizás incluso mis propios pezones se
endurezcan de excitación.
Quiero ir
y presentarte a mi pololo, quizás seguir dándonos besos, hasta que
alguna de las dos entre en confianza. Quizás te invite a la cama, te
diga que te acuestes y que si quieres te saques la ropa porque deseo
esposar tus manos detrás de tu espalda. Me miras con cara de
calentura y te sacas la ropa. Quizás lo hago yo también mientras.
Mi pololo mira la situación extasiado y yo lo beso a él mientras tú
te sacas la ropa.
Te pongo
las esposas y las abrocho a tu espalda. Tus pechos se levantan y eso
excita el ambiente. Puedo escuchar una exclamación de mi pololo
diciendo que quiere tocarte. Lo hago yo primero y te miro, te
pregunto si estás mojada. Me dices que sí. Me sonrío y te pido que
te pongas en cuatro sobre la cama, con tu cabeza apoyada en el
colchón.
Me acerco
y te abro las piernas. Paso un dedo por entre tu clítoris y llego
hasta donde todo pareciera estar húmedo, me sonrío. Me recuesto de
espalda y pongo mi cabeza justo en medio de tus piernas. Acaricio tu
clítoris lento primero, mi lengua sólo rodea y divaga hasta llegar
al centro. Froto mi lengua ahí y te escucho gemir. Me calienta
escucharte gemir.
Me detengo
e introduzco un dedo dentro de tu vagina. Está caliente, húmeda y
un tanto renuente. Mi dedo aprieta la entrada y lo saco. Sí, estás
tan mojada como yo.
Te levanto
de la cama y cambio de posición tus esposas. Las traigo adelante. Mi
pololo, sin ropa, me acerca su pene para chuparlo. Te miro y te
invito a hacerlo junto conmigo. Ambas nos ponemos de rodillas y antes
nos besamos. Empiezas a lamer despacio por un lado y yo por el otro.
Yo lo meto en mi boca y aprieto mis labios mientras lo deslizo hacia
afuera. En cuanto sale de mi boca tú lo metes en la tuya y haces lo
mismo.
Nos
turnamos, un rato tú te lo quedas más y otro rato soy yo.
Escuchamos los jadeos rápidos y nos detenemos. Miro a mi pololo y le
susurro algo. Él me mira y yo te miro a ti.
Esto es lo
que deseo...
Te libero
de las esposas para que puedas desplazarte con mayor facilidad. Mi
pololo se sienta en uno de los bordes de la cama y tú te pones con
el trasero levantando y comienzas a meterte el pene de él en tu
boca. Me pongo el arnés y me subo a la cama también. Tomo tu
trasero y comienzo a lamerlo, a excitarlo de apoco y con mis dedos
utilizo la lubricación para hacerte ceder. Te meto un dedo y
presiento que estás lista.
Con
cuidado te comienzo a penetrar, lento, retrocediendo, y una vez que
está todo adentro sonrío al oírte gemir. Te digo que sigas
chupándoselo a mi pololo y me haces caso. Sonrío y comienzo a
penetrarte una y otra vez, con cierta delicadeza al principio que se
pierde tras escucharte gemir más fuerte. Claro, si tuviese
testículos estaría segura de que chocarían contra ti con fuerza.
Mi pololo
se detiene y me pide que me saque el arnés. Lo miro y él tiene el
control nuevamente sobre mi calentura. Me pide que me abra de piernas
y me penetra. No soy testigo de mi propia calentura hasta que él me
hace percatarme. Gimo y te miro. Estás como extrañada y recuerdo
que quizás jamás hayas visto algo así en persona. Te pido que te
subas sobre mi cara. Te sonríes perversamente y lo haces. Mientras
tú acerca tu cara hacia donde está el pene, con cierta sorpresa. Un
sesenta y nueve casi, de no ser porque yo te lamo a ti y tu lames a
mi pololo.
Decidimos
que ya es tiempo de hacerlo acabar. Nos levantamos y nos dedicamos a
chupar, lamer y meter el miembro en nuestras bocas.
Esto es lo
que deseo...
Él dice
que abramos la boca y nos cae el semen en la cara, dentro de la boca,
en los pechos. Y entonces recuerdo que deseo compartir el semen de mi
boca en la tuya. Nos besamos y de cierto modo quedamos lamidas y
pegajosas pero libre de semen. “Que no se desparrame nada” era un
buen consejo después de todo.
Deseo
hacerte acabar.
Esto es lo
que deseo.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Todo se estremece bajo mi piel
Todo se estremece bajo mi piel,
bajo tu piel rozando la mía.
No sé si es aire frío recorriendo mis
poros erectos
—esperando tu cariño, sonriéndote
de improviso en un leve sonrojar—
O son susurros que emiten nuestras
pieles,
caricias que desean ser profundas,
que desean adentrarse en lugares
húmedos,
y con una parsimonia tortuosa,
conseguir un jadeo, un gemido:
un nuevo respirar.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Aquella noche triste de liberación
[Este relato va en un pedido especial que me hicieron]
Aquella noche triste de liberación
Tu voz quiebra el silencio ensordecedor, siempre con aquel tono al cual me entregué por completa. Me muevo de mi posición y el dolor de haber estado horas siendo utilizada de mesilla no llega a importarme en lo más mínimo. Sólo está tu voz llamándome, acariciándome desde lejos.
Acudo obediente, y mi cuerpo entero siente por adelantado lo que me pedirás ¿Será lo que siempre me pides?. Me humedezco y nada pareciera impedir aquello. Me arrodillo y le reverencio. Y es ahí cuando te levantas y comienzas a observarme: tu mirada autoritaria y protectora sobre mí espalda, sobre mis piernas, sobre mi cabello hacen que me muerda los labios y cierre mis ojos.
Sí, ahí está tu cariño invisible para el resto...demasiado concreto para mí. Adoro aquel cariño, adoro el cosquilleo que produces en mi piel.
Con la punta de tu zapato tocas mi trasero y me pides que lo levante. Lo hago lo más rápido que puedo y mi rostro se pega al piso.
Te das otra vuelta a mi alrededor, siento tus pasos cerca mío.
¿Hay algo malo en mí? Me encantaría preguntártelo, pedirte perdón, pedirte que me castigues. La vergüenza me asedia ahora, siento la repugnancia de haberte fallado.
—Di lo que tengas que decir—dices con intransigencia.
Quieres mis pensamientos ahora, quieres que te entregue mis temores, quieres que me entregue a ti completamente. Lo hago, lo hago cada respiro de mi vida, cada segundo. Soy tuya.
—¿Hay algo malo en mí, Mi Señor?—digo con temor a levantar mi mirada y ver tu rostro.
No me respondes, a cambio de eso, te sientas nuevamente.
—Levántate—dices.
Vuelvo a levantarme.
—Mírame Mor.
Siento un cosquilleo en mi nuca, en la punta de mis dedos, en mi estómago. ¿Me darás aquel honor?
Levanto mi rostro y mis ojos se dirigen hacia ti. Te veo y aquel regalo es algo tan grandioso para mí; me siento viva nuevamente. Eso lo sabes: mis ojos son mi vida. Tú eres mi vida.
Quisiera sonreírte, quisiera besarte, quisiera hacerte sentir bien...hacer que tu mente explotase de placer. Eso quiero para ti, amo.
Me miras y la excitación en tus ojos es latente. Puedo verte y ese es el don más preciado. Te excita mi desnudez, o mejor dicho, mi calentura reflejada en mi cuerpo.
Extiendes tu mano y veo que de ella cuelga la cadena. Me acerco y me arrodillo entre tus piernas. Te ofrezco mi cuello para que la enganches a mi collar. Me levanto y tu haces lo mismo. Eres muchísimo más alto que yo, soy un pequeño cuerpo cerca del tuyo.
Camino rápidamente siguiendo tus pasos y me adelanto para abrir la puerta de la habitación continua.
—De rodillas, ahora.
Y la calma con la que lo dices me sugiere tantas cosas.
—Eres mía.
Dices mientras te sacas tus pantalones.
—Si, Amo.
—Harás lo que yo diga
Dices mientras vuelves a tomar mi cadena y me indicas que me suba a la mesa de "revisión" de al frente.
Me arrodillo sobre la mesa y una vez más bajo mis hombros y mi cuerpo entero como reverencia. Te ofrezco mi cuello para que saques la cadena y lo haces lentamente.
¡Qué excitante suavidad en tus movimientos!
Tocas con la punta de la cadena mi espalda baja y me pides que suba nuevamente mi trasero.
Lo hago.
—Abre tus piernas—Dices mientras te acercas.
El calor de tu cuerpo se pega al mío. Puedo sentirlo, puedo sentir tu piel sobre la mía. Abro mis piernas rápidamente.
Te acercas a mí y con tu mano tocas mi entrepierna. No te sorprendes ni siquiera una pizca al tocar mi humedad ahí. Sólo dejas salir un pequeño quejido sordo.
—Levántate y chúpame el pico hasta que yo te diga—murmuró o quizás gruñó.
Yo me levanté obediente y comencé a lamer. Me extrañaba que no utilizaras la fusta conmigo, siempre me ponías en esa posición, en esa mesa, para nalguearme.
—No dije lamer, Mor, dije chupar.
—Lo siento, Señor.
Y comencé a chupar. Meterlo en mi boca una y otra vez, chupándolo hasta donde tú quisieras, apretando tu pene contra mi lengua. Lo hice. Lo hice una y otra vez. Y me encantaba hacerlo.
—Basta ahora.
Obedezco enseguida. Sé cuáles son las consecuencias de no obedecer y poner mis deseos en primer lugar.
Me quedo de rodillas al frente tuyo y acercas tu mano a mi boca.
Te beso la mano y me levanto. Quisiera mirarte una vez más, pero a cambio de aquello sólo bajo mi mirada y me quedo quieta.
—Siéntate en aquel banco y abre tus piernas nuevamente.
Lo hice y tu mirada toco el centro de mi cuerpo con fuerza. Quería que me lo metieses, que me lo metieses bien adentro y que lo hicieras una y otra vez. Sentí vergüenza de mis pensamientos ¡Quería que mi Amo hiciera algo a mi pedido!
Cerré mis ojos.
Y algo inesperado sucedió.
Tus dedos, tus hermosos dedos acariciaron mi mejilla. Podría haber muerto ahí, y haberlo hecho feliz. Podría haber escrito versos para ti.
Bajas tus dedos y acaricias los pliegues de mi vagina. Sólo necesitas del dedo índice para caer rendida.
—Gime.
Lo hago despacio. No se me había permitido gemir desde hace varios meses. No podía hacerlo. Gemir sin el permiso de mi amo me había costado no volver a gemir más. Escucho mi voz, el ronroneo que sale de mi garganta.
—Gime fuerte.
Dices mientras introduces en mí un dedo, dos dedos. Los mueves rápido y me gritas que gima, más y más.
Lo hago, mi señor. Lo hago tan fuerte y tan verdadero sólo para ti, por ti.
—Abre los ojos.
¿Que abra los ojos? Lo hago y sólo alcanzo a ver la punta de tu pene entrando rápidamente. Gimo fuerte y claro. Gimo y te miro—aquel privilegio que extrañamente me estabas dando—y tus ojos son perfectos, tu rostro es perfecto. Tu mirada es simplemente el peor castigo de todos ¿Cómo soportaría ahora mis días sin esa mirada directa en mí?
Me la metes una y otra vez. Fuerte y duro. Me la metes y me sabe a gloria todo. Me sabe a magia etérea volando sobre tu cuerpo.
—Bésame.
Dices y sé qué es lo que sucederá luego. Lo hago y la explosión del orgasmo me llena completamente. Me besas, como si el mundo se fuese a acabar y sé qué es lo que sucederá.
Me dejarás.
Una lágrima desobediente cae por mi rostro y sólo quisiera morir. Me miras y ahora no soy capaz de verte, perdí el privilegio.
—Quedas libre de cualquier ligamento con este lugar. Te libero de tus obligaciones.
Y las palabras resuenan en mis oídos como veneno. Te alejas de mí y extiendes tu mano para pedirme el collar.
La última orden que me darás. Saco el collar de mi cuello y mi vida pareciera irse de repente.
—No quiero una vida sin usted.
Digo y mi mirada sigue abajo, mirando tus pies.
—Ese es el problema, Mortrel. Ahora sale y vuelve a vivir sin mí.
Y aquellas palabras resuenan todos los días que me levanto, todos los días que salgo, todos los días que he estado sin ti.
sábado, 13 de agosto de 2011
Trío y esas cosas
¿Una o dos?
La pregunta tan básica y fácil de responder se hace compleja al preguntársela a diferentes hombres. ¿Una mujer o dos?
La mayoría diría que dos es el sueño ideal de cada hombre, sin pensar en su rendimiento luego con ambas mujeres. Luego, claramente, dirían que es una fantasía estar con dos mujeres a la vez...verlas desnudas, verlas moverse y hasta quizás verlas tocándose la una con la otra. No es raro lograr imaginarse lo placentero que puede llegar a ser aquello.
Es interesante cómo las fantasías varían entre sexo. Muy pocas mujeres estarían dispuestas a estar con dos hombres a la vez. Miedo, quizás, o inseguridad. No sería raro que una mujer preferiría hace un trio con otra mujer (MHM) a cualquier otra cosa que implique demasiados miembros viriles.
Lo que yo pensé al respecto, cuando me propusieron hacer un trio, fue ¿Realmente quiero esto? Una buena amiga me dijo que cierto hombre, amigo en común entre nosotras, estaba interesado en mí pero que no se atrevía a decírmelo por miedo a que le dijera que no.
Me sonreí al pensar en aquel amigo. Primero porque recordaba haber hablado con él un par de veces y su singular modo de llamarme “reina” todo el tiempo. Me reí abiertamente en pesar en hacer un trio con ambos pero sin pensarlo más de 1 minuto respondí que sí, que quería probar.
Acordamos juntarnos en la casa de mi amiga.
Primero llegué yo a su casa, venía saliendo de la ducha y me dijo que la esperara mientras se vestía. La miré y le dije que bueno. Me senté en uno de los sillones de la casa y esperé.
Ella volvió y nos pusimos a conversar. No la había visto desde hace un buen tiempo y la última vez que nos habíamos visto no logramos conversar realmente (Por razones de fuerza mayor, es decir, drogas). Me causó cierto nerviosismo escuchar el teléfono de ella, casi di un salto cuando ella contestó y me dijo en lenguaje de señas que era él.
Llamaba para decir que ya había llegado y que lo fuéramos a buscar. Recité un rosario de groserías varias, y como era verano, me dispuse a salir con una camiseta blanca y pantalones. Caminamos un par de cuadras y llegamos a donde estaba él.
Mi amiga se encargó de hacer las presentaciones y de entablar una conversación con él. Yo, por mi parte, estaba realmente nerviosa.
Llegamos a un negocio, en donde íbamos a comprar cigarros y jugo. Mi compañera se dispuso a hablar con el vendedor y yo quedé atrás, siendo inspeccionada por la mirada de él.
—¿Qué miras?—Le pregunté con una sonrisa característica mía.
Él me miró y se río nada más.
Yo me sonrojé y desvié la mirada para que él siguiera observándome con tranquilidad. Al notar mi incomodidad se acercó a mi amiga y le susurró algo—cosa que en realidad nunca supe— y ambos de rieron.
Salimos de la botillería y seguimos caminando a la casa de ella. Cuando entramos el lugar me pareció extrañamente pequeño. A leguas, cualquiera que hubiese sabido y me hubiese conocido lo suficiente, podría haber sido testigo de que yo estaba excitada. Mi cara era un verdadero chiste al intentar ocultarlo.
Mi amiga sugirió que tomáramos algo antes, para relajarnos y eso hicimos. Yo tomé Vodka junto con ella y el extraño tomó Ron.
Nos reímos, escuchamos música y cuando mi amiga fue al baño, yo me fui a sentar al sillón, justo al lado de él.
El sillón era pequeño, y él estaba justo en medio, por lo que cuando me senté, mi cadera se pegó a su pierna y mi pierna quedó arriba de su entrepierna.
Me sonreí con inocencia fingida. Y, por primera vez en la noche, lo miré y le hablé directamente. Fue una conversación corta y un tanto confusa. Salió del baño y se fue a sentar justo al otro lado de él y ella quedó en la misma posición que yo.
En un pestañear, quizás uno de esos largos, vi cómo mi amiga comenzaba a besarlo. Los miré lo que pareció una eternidad, hasta que ella me dijo que me acercara más. Lo hice y sentí, por primera vez, los labios de otra mujer sobre los míos.
Fue una sensación extraña, pero aquello no me detuvo a deslizar mi lengua por entre sus labios y besarla de verdad. Perdí nuevamente la noción del tiempo y me dispuse a abrir los ojos.
Él tenía una mirada rara, casi nunca había visto tanta atención puesta en mí. Sus ojos eran perfectamente expresivos. Podía leer en el brillo lo caliente que lo había puesto verme besar a mi amiga.
De mi garganta salió un ruido reprimido, una súplica y él me besó a cambio. Fue un beso lento, provocador. Podía sentir su miembro en mi muslo y sin querer sentía que yo me frotaba en torno a aquello.
Mi amiga se sonrió.
—Tengo cama, por si no sabían...—nos dijo, mientras se levantaba y me ayudaba a salir del sillón.
Fui la primera en perder toda la ropa. No me pareció extraño que ambos me viesen completamente desnuda.
Decidí que cualquier cosa que podría haberme acomplejado en ese momento, no me importaba...ni siquiera las cicatrices que tanto me molestaban siempre.
Mi amiga no se desnudó, pero se encargó de lanzarme en la cama y ponerse a horcajadas sobre mí. Pude sentir sus dedos, deslizándose hábilmente por entre mis piernas, justo hasta llegar a mi clítoris. Supe que quizás debía abrir los ojos y comprobar que aquello era cierto ¿era una mujer quien me estaba haciendo aquello?
Abrí mis ojos y la miré. La besé con una ternura que quizás nunca había expresado antes y luego dirigí mi mirada hacia él.
Ya no tenía ropa y nos miraba de una manera bastante lujuriosa. Se subió a la cama y se acercó a mí. Supe que quizás iba a perder mi control completamente esa noche.
Se acercó más e hizo que mi amiga se subiese completamente arriba mío. Me pidió que abriera mis piernas y, cuando supuse lo que iba a hacer, se me escapó un gemido anticipado.
Mi amiga no me dejaba gemir porque atrapaba con su boca cualquier sonido que podría haber salido, mientras que la otra persona se dedicaba a propinar suaves lamidas a mi clítoris.
Quizás él supo que yo quería algo más que su lengua—¿Cómo podría no enterarse, si yo levantaba mis caderas frenéticamente en busca de algo más?— y le dijo a mi amiga que se levantara. Mi amiga lo hizo e invertimos posiciones levemente. Ella quedó abajo y yo quedé entre sus pechos y entrepierna.
Comencé a lamer sus pezones y a escuchar sus gemidos instantáneamente. Deslicé una mano hasta sus labios vaginales y los abrí despacito. Ella estaba realmente mojada. Con el pulga comencé a acariciar de arriba a abajo muy suavemente. No tardó en sacudirse en espasmos de un orgasmo bastante claro.
Estaba claro que ella era multiorgásmica. Incluso se volvió molesto en un momento para mí, no por envidia, sino porque no alcanzábamos a hacer nada y ella ya estaba en un orgasmo.
Estaba en cuatro mientras hacía aquello, y pude sentir cómo él se deslizaba entre mis piernas y me penetraba. Fue un momento, un instante, de completo placer. Quizás demasiado, quizás algo que no me había pasado antes.
Claro, yo, disfruté como si aquello fuese mi sexo de despedida...
Mucho tiempo este trío fue parte de mis fantasías, pero más que eso, llenaba mis recuerdos de una extraña calidez y picardía que siempre había deseado tener en mis memorias.
Tan memorable, como ver la cara de él, mientras ambas le hacíamos sexo oral. Recuerdo haber enroscado más de una vez mi lengua, más de una vez intentando dejarlo todo para mí y lo gracioso de la situación en general ¿Realmente estar rogando para que me dejaran hacer más sexo oral a mí?
Recuerdo perfectamente que finalmente mi amiga descubrió que a mi me gustaba hacerlo, y como ella no es fanática de aquello, decidió dejarme sola.
Mm, ¿Qué más? El vívido de recuerdo de ellos teniendo sexo mañanero (Si bien, habiamos tirado toda la noche, antes de que amaneciera dejamos que él durmiera mientras nosotras nos quedamos tirando ¿Realmente es posible dormir de aquella forma?)
Tenian sexo de una forma tan perfecta que me llamo la atención más de la cuenta.Por un momento me sentí extasiada, como si estuviese viendo algo maravilloso. El modo en que ella se movía y su cuerpo se curvaba y las reacciones de él a cada movimiento de ella. Recuerdo haberme quedado tan quieta que pensaba que me fundía con la pared, una simple expectadora.
Luego ella se puso a dormir y, creo que por primera vez, tuve un hombre dentro mío con tanta conciencia y sentidos alterados, que lo sentí maravilloso. Quería más, mucho más, esa sensación...ese ardor. Quedé atrapada.
Luego ella se puso a dormir y, creo que por primera vez, tuve un hombre dentro mío con tanta conciencia y sentidos alterados, que lo sentí maravilloso. Quería más, mucho más, esa sensación...ese ardor. Quedé atrapada.
Mi primer trío, después de todo, no fue para destruir a un hombre entre dos mujeres. Más bien, fue una experiencia motivante, excitante...casi tanto como el hecho de que aprendí mucho.
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